Debate Mosquito: La autoridad del profesor

Los mosquitos abrimos la hora del debate y lo hacemos con un asunto complejo y difícil: el tema de la autoridad de los profes en el aula. Esperamos vuestros comentarios, artículos, puntos de vista y aportaciones. Aquí vamos!

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No puede ser que un profesor esté la mayor parte de la clase mandando callar a los alumnos”. Este fue el argumento central que esgrimió Esperanza Aguirre, la presidenta de la comunidad de Madrid, cuando  lanzó en el parlamento regional su propuesta de convertir por ley a los docentes de primaria y secundaria de los centros públicos en “autoridad pública”.

¿Qué significa ser autoridad pública para el derecho?

Tal vez convenga explicar brevemente para qué vale en la legislación penal española ser “autoridad pública” (poli, juez, diputado, ministro, etcétera) para entender el enfoque de Esperanza Aguirre y, con ella, de la derecha española, de gran parte de los sindicatos educativos y de otros especímenes entusiasmados con la propuesta que, acto seguido, aplaudieron con más o menos matices.

Cuando alguien es autoridad pública y se le “desobedece” se incurre en un delito que puede llevar al “refractario” a la cárcel y que dejará antecedentes penales. Peor es el asunto si a la desobediencia acompaña la agresión, en cuyo caso las penas normales del código penal para cualquier agresión (que las hay) se agravan por la condición de autoridad pública del agredido o agredida. Es decir, la condición de autoridad pública vale para contar con un instrumento represivo frente a quienes desobedecen o desacatan las órdenes de esa autoridad.

De este modo, si analizamos lo propuesto por Aguirre, podemos afirmar que pretende enfocar los problemas disciplinarios y “ruidísticos” de los centros educativos desde el plano del derecho penal, dado el supuesto fracaso de otro tipo de herramientas para conseguir resultados parecidos.

Por desgracia para Aguirre este tipo de planteamiento no puede tener fácil acogida normativa, porque extender la idea de autoridad pública a profesores “funcionarios” resulta de por sí un problema legal y porque choca de frente con el propio sentido del derecho penal. Este cuenta con un principio estructurante que se llama “de intervención mínima” y que viene a decir que el derecho penal no vale para todo, ni puede ser utilizado a gusto por los gobiernos, ni se puede “penalizar” cualquier comportamiento social, sino sólo usarse de forma restringida cuando no hay otras soluciones disponibles menos penosas, y únicamente para sancionar y prevenir aquellas conductas de especial gravedad y lesión del derecho de una sociedad.

Desde el punto de vista del derecho, la propuesta Aguirre es un verdadero pedo fétido e infumable. Todos sabemos que esa aplicación del derecho penal no es ni adecuada, ni siquiera posible. Si “no puede ser que el profesor esté la mayor parte de la clase mandando callar a los alumnos”, tampoco puede ser que para conseguirlo debamos aplicar la ley penal: es un exceso pero, también, es un uso arbitrario del derecho penal y una politización del mismo que arriesga el propio sentido del derecho penal como norma de convivencia.

El programa velado de Aguirre: Una apuesta autoritaria al servicio de la hegemonía de los poderosos.

Ahora bien, fuera del tecnicismo del derecho, del que Aguirre no tiene por qué saber gran cosa dado que su carrera profesional previa a la política la desarrolló como “técnico” de turismo, estimo que la susodicha no lanzaba su propuesta con una finalidad expresa de arreglar legalmente el problema disciplinario que tanto preocupa (al parecer) al profesorado, a la derecha política y mediática y a un gran núcleo de padres perplejos y manipulados, sino para atizar, de soslayo, otros fuegos que sí forman parte de su obsesión “ultra”(liberal).

Y ello porque Esperancita, que no tira puntada sin hilo, educada como está en los mejores y más elitistas colegios de monjitas y habla sajona, enfatizó dos términos en su propuesta (autoridad pública y colegios públicos) que, asociados a la idea de desorden o indisciplina en las aulas, dicen sutilmente algo diferente a lo que parece: que los centros públicos (no los privados) son la ley de la selva y necesitan de este enfoque “orden-publístico” para la contención de su situación “explosiva”.

Donde se necesita “autoridad”, dice el mensaje velado de la señora, es en los centros públicos, que carecen de dosis suficientes de ésta y por ello convierten a los niños en poco menos que salvajes peligrosos.  Y algo peor: lo que se necesita en realidad para arreglar la enseñanza es meter en cintura a los centros públicos, disciplinarlos. No es que los centros públicos necesiten “disciplina”, es que la disciplina pasa a cobrar el puesto nuclear de la enseñanza, tanto como procedimiento, como en su papel de conocimiento y transmisión de valores desde el que se “enseña” a formar parte en la sociedad a las personas. Pasamos así del uso de la pedagogía al uso de la disciplina como metodología fundamental de la enseñanza.

En efecto, al introducir Aguirre de este modo tan abrupto la dicotomía colegio-público-sin-control / colegio-privado-con-control, (o colegio-público-desastre / colegio-privado-garantía-de-excelencia) se llega a otra generalización y a otra concepción de la educación que, esta vez sí, es lo que en realidad aspira a conseguir la derecha: educación es igual a autoridad, a orden, a control. Dan igual las enseñanzas en sí. lo importante es educar en el orden “natural”.

Puede que no todo el mundo esté de acuerdo en convertir las aulas en cuarteles o colegios de curas a la antigua usanza, e incluso que algunas personas poco informadas se horroricen cuando conozcan la pretensión de fondo de estos discursos de la derecha (y por eso la propuesta no se hace de plano), pero la sistemática asociación de escuela pública a problema (como otras asociaciones parecidas respecto a los jóvenes, los inmigrantes, los grupos “alternativos” y en general aquellas instancias sociales que aspiran a un tipo de sociedad menos encorsetada y que les ofrezca oportunidades de vida más abiertas y menos sometidas) encubre un interés más a largo plazo: hacer de la escuela el instrumento principal de transmisión del pensamiento hegemónico y su aparataje procedimental de orden, fatalidad y disciplina.

El partido neoconservador tácito.

En nuestra opinión la derecha, acentuando propuestas “educacionales” centradas en las metodologías más autoritarias (la valoración unilateral del esfuerzo y el mérito, la disciplina como instrumento fundamental del progreso educativo, incluso la separación de sexos y de estratos sociales, el énfasis en valores que desconocen otros valores y que casualmente atufan de ranciedad, la oposición inmisericorde hacia todo atisbo de pluralismo, al que llama relativismo, o a la educación cívica, etcétera), lo que pretende es llevar adelante un programa a largo plazo de reforma de la convivencia hacia un modelo autoritario que beneficia los intereses neoconservadores y autoritarios que tan bien ejemplifica en su práctica diaria del poder Doña Aguirre.

Ese modelo no es, precisamente, novedoso. Más bien convive de forma muy arraigada en nuestras actuales estructuras educativas y mentales. De hecho, la educación en España ha estado tradicionalmente y de forma muy mayoritaria en manos de los guardianes del orden y del aparataje religioso al menos desde que se tiene memoria:

No sólo se aprendía a leer el abecedario, sino que se aprendía a leer que el mundo sólo puede ser jerárquico, que el orden es inmutable, que uno debe aspirar sólo a aquello que en la escala de valores sociales vigentes le corresponde, que los valores cabales son los del decálogo judeocristiano, que la autoridad debe ser obedecida siempre e incondicionalmente porque vela por nosotros y nosotras y es buena, una moral sexual represora y premoderna, una moral personal conservadora y al servicio de las ideologías hegemónicas, una solidaridad de plastilina y huchitas del Domund, una épica centrada en ejemplos de vida de caudillos, guerreros y santurrones, un desprecio por la ciencia, etcétera.

Quienes hoy deciden nuestro enfoque educacional, sean de derechas o no,  son herederos de una educación autoritaria, precisamente en la que están formados y que es la que “mamaron”, que es la que el franquismo impuso en su decidida cruzada espiritual. Yo guardo recuerdo (y no me eduqué en colegio privado) del énfasis educacional en  la jerarquía y la autoridad, el alineamiento en filas de los alumnos, la inclusión del pecado en la materia curricular, la honra a la bandera y a los días patrios. Incluso la esmerada educación procedimental de delegar y no comprometerse, no pensar, lo memorístico, el levantarse cuando entraba un profesor, llamarlo de usted, el ir uniformados, el machismo rampante que dominaba todo, el oír devotamente las arengas y loas unas veces a la virgen y otras al caudillaje de nuestros héroes patrios, empezando por Viriato y finalizando por la gesta del General Mola y del caudillo Francisco Franco Bamonte (luego Bahamonte cuando sus ínfulas nobiliarias le llevaron a la rectificación del apellido). Nos enseñaron la historia como sucesión de guerras y España como esencia efectuada gracias al especial heroísmo de una “raza”, la gesta de un “imperio” y la intercesión de apóstoles, vírgenes y otros superhéroes. Nos enseñaron cosas de escaso valor práctico para la ardua tarea de realizarnos como personas libres y como sociedad justa (pero de mucho valor práctico para aceptar el estatus quo existente) o de conocer el mundo y poderlo interpretar con claves adecuadas. Eso sí que era adoctrinamiento y aprendizaje en la práctica de un modo de ser “español” y diferente.

El aspecto educativo, o mejor dicho, el instrumento escolar se sabe que es un medio de socialización y de transmisión de modos de vida esencial. Los jesuítas lo usaban instaurando centros de “excelencia” para llegar a influir en las decisiones sociales y políticas en su beneficio. El fascismo y el estalinismo hicieron de la escuela un arma privilegiada para imponer las ideas hegemónicas en beneficio propio. Ahora la neoderecha, siguiendo un esquema parecido, acomete contra la educación para construir una trinchera desde la que apoyar a largo plazo su programa de sociedad. Luego vendrá el resto: no al estado de bienestar, no al estado de derechos sociales, sí al modelo de dominación que amenaza crisis por sus propias contradicciones pero que ofrece garantías de poder y riqueza a los que nos dirigen.

Pero si sorprende (aunque menos) que la derecha tenga cierta nostalgia de ese mundo de seguridades inquebrantables y de mando pleno en plaza (y de ahí sus propuesta de reconquista educativa), mucho más sorprende la simpatía de los demás por este enfoque autoritario de la educación, que en definitiva sirve a la labor de convertirnos en ciudadanos siervos.

Llama la atención la penosa superficialidad con que se apresta también gran parte del espectro educativo, desde los muchos grupos de padres que abogan por el orden o que plantean referendums en centros públicos para reimplantar el uniforme escolar, o que aplauden el aprendizaje bilingüe sin preguntarse por el contenido ni los métodos de aprendizaje de este (porque en inglés uno puede enseñar tantas o más memeces que en cualquier otro idioma a nada que se lo proponga), hasta gran parte del cansado, desmotivado o crecido profesorado que exige este reduccionismo de educación a reglamentación autoritaria, pasando por una clase política que aplaude o sintoniza con el ideario disciplinario y un largo espectro mediático y periodístico que enfatiza como noticias de materia educativa toda la pléyade de tópicos que asocian educación a control y a problema.

En cierto modo existe un verdadero partido tácito del modelo autoritario de educación que aparece como transversal a tantos grupos sociales y que, en realidad, tiene sus verdaderos think tank ideológicos en los grupos más neocon del estado y en sus ramificaciones e influencias tanto en lo político (con Doña Esperanza a la cabeza) como en lo religioso, mediático, etcétera.

El problema de la autoridad

Es cierto que los problemas de disciplina son considerados como una de las variables que influyen en el rendimiento escolar. Así lo aseguran, entre otros, los llamados informes PISA, que comparan sistemas educativos de los países “desarrollados” (otro concepto falto de matices). Pero hacer de una variable la clave de la bóveda de toda una concepción de la educación es un exceso similar a la pretensión militarista (por cierto también muy en boga) de adoptar el modelo militar de eficiencia como modelo social cabal. Si a esta última pretensión la debemos denominar militarismo (o machismo si pretendiéramos algo similar enfatizando el modo de hacer patriarcal, o clericalismo si pretendiéramos hacer del modelo clerical nuestro modelo de organización), ¿cómo cabría llamar a esa aspiración de enseñanza disciplinaria?. Tal vez lo mejor sería recuperar el viejo término de obscurantismo.

Desde nuestro punto de vista este exceso obscurantista obedece a los impulsos de seguridad y a la nostalgia de una sociedad como la nuestra donde la aceleración de los cambios y la situación de final de un ciclo civilizatorio, pone en entredicho tantas instancias y modos de hacer anteriores, pero aún no cuenta con los reemplazos suficientes y de perspectivas claras de alternativa.

El problema de la autoridad, el que aborda Aguirre con malas intenciones y asumen tantas personas con ligereza o inocencia, no es “el problema” con mayúsculas de las aulas. Ni siquiera, creemos, es un problema de las aulas.

Nuestro modelo social ha roto con una construcción de la autoridad basada en el autoritarismo para asegurarla, pero aún no ha hecho surgir otro modelo de autoridad centrada en el reconocimiento y en la cooperación.

Sin embargo, hoy las instancias “de autoridad” que en teoría sirven para coordinar y ordenar la convivencia y para liderar y asegurar los fines y cambios sociales, están desprestigiadas ampliamente, hasta el punto de que no hay un verdadero reconocimiento social de éstas instancias y crece su deslegitimación y desapego.

La desautorización de la autoridad, valga la redundancia, ocupa no solamente las instancias públicas como mundo de la política, gobiernos, policías, iglesias, escuelas u otros, sino que es más profunda y horada todas las instancias de autoridad social, incluyendo la familia y todas y cada una de las que podamos imaginar.

De este modo, pretender relanzar la autoridad del profesorado en un mundo donde la propia idea y el propio ejercicio de la autoridad al estilo clásico es lo que se volvió un problema, es desconocer el proceso social en el que nos  encontramos y aspirar nostálgicamente a algo que no es sino un esfuerzo melancólico y vano.

Por otra parte, como reconocen diversos autores (por cierto es un tema muy bien investigado en otro de los enfoques alternativos al modelo tradicional: el feminismo) si la autoridad “formal” y autoritaria ha entrado en crisis, existe otra autoridad, eficaz y efectiva, que es la autoridad del reconocimiento, el reconocimiento por las capacidades o competencias para, entre iguales, ejercer la autoridad.

Esta autoridad “se tiene” (aunque lógicamente también se adquiere y cuenta con metodologías y técnicas de aprendizaje propias) y no se otorga.

Por mucho que una ley quiera dar autoridad, si el maestro es pusilánime, está hasta las trancas de quemado, pasa, o similar, su autoridad tendrá una eficacia cero. Cabrá que use la saña para joder al alumno tocahuevos, pero eso ni valdrá para “autorizarle” ante la clase ni, mucho menos, para educar al alumnado. Incluso más, si es que cree inútilmente en el mito de que el derecho construye algo de la nada, probablemente acabe frustrado y convencido de que nada vale la pena.

Educar es otra cosa diferente. Contar con autoridad, en el caso de ser posible esto, educa en función del ejercicio de la misma que se realice, haciendo gente cooperadora y positiva o pequeños dictadores que aspiren a contar algún día con autoridad para ejercerla con la misma arbitrariedad que les tocó padecer. De eso los que crecimos en el franquismo sabemos mucho y bien puede verse cómo a nuestro alrededor abundan ejemplos de ejercicio de la autoridad (incluso en gentes a quien por sus ideas se les supone una aspiración distinta) tan despótico o más que el que sufrieron en sus carnes, junto con otros tan liberadores como la más animada de nuestras aspiraciones.

Por eso creo yo que, frente a la preocupación por la autoridad de los maestros como herramienta pedagógica basada en la posibilidad de respuesta penal, debería ejercitarse algún tipo de conocimiento práctico, puesto a disposición del profesorado, de ejercicio de una autoridad de reconocimiento y que permita hacer de la cooperación y del reconocimiento uno de sus principales instrumentos pedagógicos.

Una autoridad que provoque el consenso, que genere en la escuela también relaciones horizontales, que potencie el uso compartido y creativo de la inteligencia, que facilite la admiración no por el profesor, sino por su capacidad de interrogar diferente al mundo, de caminar en éste, de ejercer el poder de la libertad y de la autonomía personal, de poner al servicio de los alumnos actitudes y modos de hacer novedosos y constructores de un orden no autoritario.

Y eso, porque hay tantos profesores que cuentan con ello y lo ejercen sin problema, es algo que también se educa y se enseña. Claro, contra el viento que corre, que pretende reforzar lo anecdótico del ejercicio del poder como dominación.

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Una respuesta to “Debate Mosquito: La autoridad del profesor”

  1. un profe cualquiera Says:

    Hola mosquito

    Estoy leyendo con atención e interés este blog. Probablemente es necesaria una “sacudida” (para profes, alumnos, familias, yo creo que sociedad en general..), repensar, a ver si colaborando entre todos, conseguimos cambiar algo de la situación (fracaso) escolar que vivimos. Ando un poco desconcertado, no sé si eres profesor/a. Leyendo los dos post de espionaje a profesores, me lo pareces. Los otros …. me hacen dudar. Si no lo eres, supongo que debes estar cerca de alguien que lo sea. No es importante, simple curiosidad.

    No me gusta esa palabra, autoridad, la tengo asociada a momentos vividos no gratos. En esta, quizá errónea asociación, choca con otras que sí me gustan, pensar, tener criterio, decidir, conocer, aprender, enseñar, autonomía personal, curiosidad, descubrir, analizar, reflexionar, cuestionar, compartir….

    Te confieso que cuándo oí a Aguirre, me entró la risa. Reconozco que no presto mucha atención cuando la escucho, así que, en mi cabeza se quedaron, únicamente, algunas palabras como “autoridad del profesor” “tarima” “esperar de pie”… y poco más, lo que unidas me provocaron, eso, risa. Para empezar, cualquiera que entre actualmente en una aula después de tocar el timbre, al comienzo de una clase, observará que no hay nadie sentado. Si ese aula tiene tarima, además, lo más probable es que te tropieces con ella y entres a trompicones, lo que suele conllevar que comiences con muy poca dignidad, no digamos ya, “autoridad”. Una vez que consigues recomponerte, no debes moverte mucho, puesto que supone subirte y bajarte varias veces de la tarima lo que tiene cierto peligro. Además, perderías autoridad cada vez que te bajaras….. Eso sí, para recuperarla lo único que tendrías que hacer es volver a subirte. Me quedé, ingenuamente, ahí.

    En mi opinión, el derecho, debería aportar una figura nueva para los profes, la figura de superhéroe. Actualmente se nos exige, no pide, a golpe de decretazo legal (en algunas ocasiones, a mitad de curso echando por tierra lo que has hecho hasta entonces, como fue la evaluación de alumnos acnee, p.e.) aderezado con opinión social, que seamos a la vez, expertos en la materia que impartimos (puede o no ser la que, en la carrera universitaria estudiamos), expertos en pedagogía, expertos en informática, expertos en competencias, expertos en atención a la diversidad, expertos en escribir informes, expertos lectores de leyes y BOEs,…., y últimamente, expertos en inglés, que parece que está de moda. Para afrontar todo esto contamos con….. (redoble de tambor)…… grupos de treinta y tantos alumnos con diferentes, muy diferentes en algunos casos, realidades y nacionalidades (en algunas ocasiones hay que ser multilingüe sólo para ser capaces de pasar lista!!), que compartimos con ellos entre 2 y 4 horas a la semana; escasos recursos económicos, técnicos y humanos; opiniones de casi todas las gentes (¿quién no ha estado alguna vez en un aula?, todos conocen, creen conocer, nuestro entorno laboral), envidia social por las vacaciones que tenemos, prejuicios que soportar porque somos funcionarios (es bien sabido que los funcionarios no trabajan, emplean su tiempo en tomar cafés e ir a hacer la compra familiar), etc…. Aún así, hay profesores que educan y enseñan, que aprenden, que escuchan, que son creativos, que tienen ilusión, que son capaces de construir, de motivar,…., todo esto requiere mucho esfuerzo, mucha dedicación, mucha fortaleza, mucha inteligencia, mucha motivación, mucha convicción …tengo la fortuna de estar cerca de alguno, . Y además, se levantan cada mañana con buen ánimo para ir a trabajar y sonreir. Mi APLAUSO Y ADMIRACIÓN para ellos……. (¿¿Quizá tú lo seas también??)

    No pienso que sea necesaria la figura autoridad, (gracias por aclararnos lo que, en derecho, significa) sí son necesarios cambios, sí apoyos, sí reducir ratios, sí centros o ramas de enseñanza alternativos (prácticamente la ley actual de educación se enuncia con una cifra, 16, los años que tienes que tener para salir del “tronco común” ) sí formación, sí tiempo, sí ánimo, si reconocimiento, sí colaboración e implicación social y familiar, si valentía, sí esfuerzo,….. Ah! Y por favor, un traductor para el lenguaje que últimamente usamos en las leyes de educación, también.

    Saludos cordiales

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