Qué bonito es verles, muchachitos y muchachitas, ir y venir del Instituto, y constatar que ya ha comenzado el curso escolar. Mis vuelos diarios, típicos de un mosquito de ley, me permiten verles entrando y saliendo del insti, entrando y saliendo del bar de la esquina, luego de nuevo al insti, luego al bar, y venga otra vez al bar, etc. Veo cómo se han retomado las actividades, cómo se ha llenado de vida el barrio con vuestras caras felices yendo deseosos al templo del saber. Se les ve ansiosos por comenzar a descubrir, a conocer, a experimentar. Se les ve urgidos por volcar inquietudes, deseos, ansias, por poner en marcha nuevos proyectos, por…
Vamos a ver, gañanes. No me contéis películas.
Que les veo día tras día con la misma cara de sopapa que el curso pasado. Y en muchos casos, con el gesto de quien va hacia algo que ya conoce, que controla, porque ha repetido curso, por supuesto.
El curso escolar comenzó y el mundo no está esperando saber qué movida nueva va a salir este año de los institutos madrileños. Nadie está pendiente de cuál es el posicionamiento de los jóvenes madrileños con respecto a la crisis, con respecto a los escándalos del PP en la trama Gürtel, con respecto a la muerte de Carlos Palomino (que tenía 16 años), ni siquiera esperan vuestra opinión acerca del botellón de Pozuelo. La verdad, es que nadie os está esperando porque nadie cuenta con vosotros. Quitando las expeciones de la regla (Antifacistas, Okupas, Sindicato de estudiantes y alguno más), del resto solo se espera que sigan tranquilitos, sin molestar, haciendo sus botelloncillos por ahí, trapicheando sus pastillines por allá, pero tranquilos y por sobre todas las cosas, consumiendo, que es la conducta normal y deseable de un ciudadano de bien. Mientras sigáis consumiendo, y me refiero, no a drogas (que les da igual) sino a zapatillas, consolas, alcohol, vaqueros, ordenadores, móviles, tabaco, etc. la sociedad los tendrá en buena estima y les premiará. Eso sí, no les consultan ni les consultarán absolutamente nada porque para decidir ya están los que saben, y como los jovenzuelos madrileños no tienen ni una remota idea de hacia dónde tirar, mejor sigue cada uno a lo suyo.
Días pasados, en la radio estaban hablando de los jóvenes de hoy. Yo aparqué mis alas y acomodé mi culo mosquitil para disfrutar oyendo como os ponían a parir. Y así fué. Los especialistas os tienen entre ceja y ceja. Dicen que no servís para nada. Pero en un momento abrieron el micrófono y entraron llamadas del público. Y en una de ellas, uno de vosotros habló y me hizo pensar que tal vez la mejor solución al problema juvenil no sea la exterminación general. El muchacho dijo que en otras épocas los jóvenes eran descarados, revolucionarios, vanguardistas, rompedores, etc, etc. Y ahí mismo propuso su teoría: Los jóvenes de hoy somos los que más hemos desafiado la autoridad. Nadie como nosotros ha desafiado la autoridad de padres y maestros. Sin embargo somos los más CONSERVADORES de todas las generaciones de jóvenes de los últimos siglos. Se me quedaron tiesas las alas. Que uno de vosotros haga un análisis así, me pareció por lo menos sorprendente. Una generación de conservadores. Chicos y chicas que desean que todo esté como está, que nada cambie.
Nunca visto. Pero por lo menos, si las cosas van a ser así, lo mejor es comenzar a entenderlo de una vez. Y para eso, nada mejor que un buen diagnóstico.
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